martes, 17 de enero de 2017

Tolstói, Ehrenburg y la fábrica de cerveza Khamóvniki

"Cuando yo tenía cinco años, mis padres se trasladaron de Kiev a Moscú. La fábrica de cerveza Jamóvniki [transliterable también como Khamóvniki] pertenecía nominalmente a una sociedad anónima, pero el auténtico propietario era aquel mismo Brodski de Kiev (*), y mi padre obtuvo el puesto de director.

Eso fue en 1896 y, en 1903, Brodski decidió despedirlo. Mi madre, con un nudo en la garganta, escuchaba junto a la puerta del despacho, donde se celebraba la reunión anual del consejo de administración, cómo mi padre pedía con insistencia que lo exoneraran del cargo. Yo también aguzaba el oído y no entendía nada. Sabía que estaban poniendo a mi padre de patitas en la calle, que las cosas nos irían mal en adelante, que Brodski era testarudo, y entonces oí a mi padre afirmar que no podía seguir trabajando en la cervecería. Fue mi primera lección de diplomacia.

(...) El patio de la fábrica me parecía mucho más interesante que nuestro salón [la familia vivía en un edificio dentro de los terrenos de la cervecera], donde se erguían palmeras polvorientas en grandes tinajas y de la pared colgaba la reproducción de un cuadro que representaba a Lomonósov yendo a estudiar a Moscú. Se podía ir a la caballeriza, donde había un olor magnífico; conocía el carácter de cada caballo. Podía esconderme en toneles de cuarenta galones. En uno de los talleres comprobaban la calidad de las botellas golpeando cada una de ellas con una varita de metal, y yo consideraba esa música infinitamente mejor que aquella con la que nos obsequiaban a veces algunos célebres pianistas que nos visitaban.

(...) Los obreros dormían en barracones sofocantes y sombríos, cubiertos con sus zamarras sobre tablas a modo de cama; bebían cerveza agria, desbravada; a veces jugaban a las cartas, cantaban, decían obscenidades. Había pocos que supieran leer y escribir, y los que sabían leían en voz alta, silabeando, la crónica de sucesos de Moskovski listok (La hoja de Moscú). Me acuerdo también de una de sus distracciones: un día, los obreros rociaron una rata con queroseno, y el animal, pasto de las llamas, se puso a correr en círculo. Veía una vida miserable, oscura, espantosa, y me sobrecogía la incompatibilidad de dos mundos: el de los malolientes barracones y el del salón, donde personas inteligentes hablaban de coloraturas musicales. (...)

Escribía al dictado las cartas que los obreros enviaban al pueblo, que hablaban de comida, enfermedades, bodas y entierros. Uno de los muros de la fábrica lindaba con el manicomio. Yo trepaba al muro para mirar: unos tipos demacrados en bata caminaban por un pequeño patio donde se amontonaban cachivaches de toda clase. (...)

En la cervecería trabajaban obreros checos, en calidad de especialistas cerveceros. Los obreros los llamaban «alemanes»: comían palomas y eso era tenido por algo del todo inaceptable. El hijo de un cervecero, Kara, mató a hachazos a su madre y a dos hermanas. Había decidido regalar un collar muy caro a una tigresa moscovita, y los padres no le daban dinero. Recuerdo fragmentos de frases: «un baño de sangre», «quería coger quinientos rublos», «se había enamorado locamente». Por supuesto, todo el mundo echaba pestes del asesino, pero yo me acordaba del hijo del cervercero, un joven delgaducho, y pensaba para mí que los adultos no comprendían nada de la vida.

Al lado de la fábrica se hallaba la casa de Lev Nikoláievich Tolstói A menudo lo veía pasear por el callejón Jamóvnicheski o por el Bozheninovski. Me regalaron infancia y adolescencia y el libro me pareció aburrido. Saqué del trastero una colección de la revista Niva con el texto de Resurrección; mi madre me había dicho: «Todavía es pronto para que leas esto». Leí la novela de un tirón y pensé que Toltói conocía toda la verdad. Mi padre me dio a copiar un llamamiento de Toltói prohibido por la censura, y yo, todo orgulloso, me puse a la tarea con esmero, con letra de imprenta.

Una vez Tolstói fue a la fábrica y pidió a mi padre que le enseñara como se preparaba la cerveza. Le dio un recorrido por los talleres y yo no me rezagué ni un paso. No sé por qué, pero me parecía ofensivo que el gran escritor fuese más bajo que mi padre. A Tolstói le ofrecieron una jarra de cerveza caliente, y cuál no sería mi sorpresa cuando le oí decir: «Está buena», secándose la barba con la mano. Explicó a mi padre que la cerveza podía ayudar en la lucha contra el vodka. Durante mucho tiempo medité sus palabras y empecé a tener dudas: tal vez Tolstói tampoco lo entienda todo... Yo estaba convencido de que él quería substituir la mentira por la verdad, y ahí estaba, hablando de substituir el vodka por la cerveza. (Del vodka sólo sabía lo que me habían contado los obreros, que hablaban de él con amor. En cuanto a la cerveza, me la habían ofrecido alguna vez y no me gustaba). 

A veces se extendía la alarma por la fábrica: decían que los estudiantes marchaban hacia la casa de Tolstói. Cerraban las puertas a cal y canto y montaban guardia. Yo me escabullí a la calle para esperar a los misteriosos estudiantes, pero no se presentaba nadie. (...)

De niño sufría de insomnio. Un día arranqué el péndulo de la pared; no soportaba su fuerte tictac. He conservado en la memoria imágenes de esas noches insomnes: Tolstói secándose la barba con la mano, el joven Kara con el hacha en la mano, y su enamorada, Lakmé, los locos, las barracas de feria y la enorme rata, pasto de las llamas, dando vueltas a mi alrededor.

(*) Un tío de Ehrenburg dilapidó el dinero de Brodski, para quien trabajaba, y huyó a América no sin antes lanzarle un desafío a través de una carta.

(Ehrenburg, I. (1960-1967) Gente, años, vida [Memorias 1891-1967]. Barcelona: Acantilado, 2014, pp. 21; 29-32)


A primera vista pudiera parecer que la anécdota que explica Iliá Ehrenburg en su autobiografía es uno de esos recuerdos que, aunque impresos en un libro, se pierden para siempre una vez desaparecidos sus protagonistas, por lo menos en lo que se refiere a los detalles más íntimos ligados a la memoria sensorial de las personas. Sin embargo, el escenario que describe el escritor soviético, pese a haber sido modernizado y restaurado, sigue existiendo en la actualidad. Está situado en el distrito moscovita de Khamóvniki -cerca de bulevar Zubovskiy y del puente Krimskiy- y es posible recorrerlo rememorando todas aquellas vivencias de finales del siglo XIX y principios del XX. La antigua vivienda de madera de Lev Tolstói es hoy en día su casa-museo, sita en la Lev Tolstói ulitsa (antigua Khamóvnikiy pereulok), una calle estrecha que discurre en dirección noroeste entre el Komsomolskiy pereulok y la Rossolimo ulitsa (antiguo Bozheninovskiy pereulok, mencionado también en la obra de Ehrenburg). Junto al museo de Tolstói sigue en pie una parte de la fábrica Khamóvniki (punto rojo en el mapa), donde se estuvo produciendo esta marca de cerveza hasta el año 2004. En 2012, las naves interiores de la factoría fueron derribadas para construir en su lugar un complejo de edificios residenciales

Lo más curioso de toda esta historia es que existe una extraordinaria fotografía realizada en 1909 en la que se ve al escritor Lev Tolstói (con sombrero y bastón) dirigiéndose a pie por el pasaje Khamóvnikiy desde la cervecería hasta su casa, situada al fondo de la imagen. Exactamente la misma escena descrita por Ehrenburg en su libro, aunque en esa época el padre del escritor ucraniano hacía seis años que había sido despedido como director de la fábrica. La imagen fue captada por el fotógrafo B.G. Chertkov y aparece en un libro de 1995 titulado "Lev Tolstói. Vida y trabajo"

La compañía cervecera Khamóvniki fue fundada en 1863 por el empresario Vlasom Y. Yaroslavtsev. En 1922 pasó a manos del Estado soviético y como empresa nacionalizada formó parte de la Unión de Sociedades de Consumo de Moscú. A partir de entonces se la conoció como Fábrica Estatal de Cerveza Khamóvniki dependiente del Mosselprom. En 1934 fue transferida al Comisariado del Pueblo de la Industria de Alimentos de la Unión Soviética. Hasta el final de la URSS mantuvo su producción a pleno rendimiento, hasta alcanzar en 1975 los 16 millones de decalitros de cerveza. En 2004 cerró sus puertas y en mayo de 2012 la fábrica fue parcialmente demolida. La cervecera Mitishchi compró los derechos de producción y comercializa actualmente la marca "Khamóvniki"

Un paseo virtual en dirección noroeste por la calle Lev Tolstói (de la mano de Google Street View) nos permite revivir las anécdotas descritas por Iliá Ehrenburg en su autobiografía. En la imagen, la casa-museo del escritor de Yásnaia Poliana en la actualidad. Las capturas son de junio de 2015

Tolstói a caballo fotografiado en el interior de su finca en 1898. Tras esa puerta de madera está el pasaje Khamóvnikiy, actual Lev Tolstói ulitsa

Imagen de la calle Lev Tolstói con una de las naves, a la izquierda, que sobreviv a la demolición de 2012 y que colinda con la casa del escritor ruso


La pared que separaba la fábrica de cerveza de la propiedad de Tolstói es fácilmente reconocible por la chimenea blanca que sobresale de una de sus naves. En la primera imagen, la chimenea vista desde la casa-museo de Lev Tolstói. En la segunda, desde el interior de la factoría, ya en ruinas en 2012

En buena parte de las 2,3 hectáreas de terreno donde estuvo ubicada la fábrica Khamóvniki se han construido viviendas de lujo. Algunas de ellas, con acceso directo a la calle Lev Tolstói



La nave central se ha conservado prácticamente intacta y se ha destinado a usos comerciales de alto standing. Alberga, entre otros negocios, un café, una vinacoteca, una floristería, un centro de yoga y una relojería

En 1908 la nave sufrió un incendio, tal como demuestra esta imagen de la época



Fotografías del extremo norte de la fábrica, en la esquina de las calles Lev Tolstói y Rossolimo, donde también se han construido viviendas residenciales



Hasta el año 2012, en esa misma esquina se encontraba una de las entradas laterales de la factoría, con una puerta de madera adornada con el emblema de la marca: un cervecero con un barril en una mano y una jarra en la otra. Las dos chimeneas ya no existen



En la esquina de las calles Rossolimo y Lev Tolstói, en la acera opuesta a la fábrica, se halla esta casa que ha permanecido inalterada durante más de un siglo como mudo testimonio de todos los hechos que han acontecido en este lugar. Las fotografías son de 2015, 1910-1917 y 1982, respectivamente. El edificio que hay a la derecha también sigue siendo el mismo


La calle Lev Tolstói, frente a la antigua cervecera Khamóvniki, fotografiada en dirección noroeste en 1982 y 2015, respectivamente. Treinta y tres años separan estas dos imágenes, en las que un callejón rupestre y solitario ha evolucionado hasta la calle elitista en que se ha convertido en la actualidad

Imagen de la fábrica, ya abandonada, en algún momento entre 2004 y 2012. Las dos chimeneas son las mismas que aparecen en fotografías anteriores

Fotografía tomada en dirección sur con la chimenea blanca, al fondo, justo en el límite entre la fábrica y la casa de Tolstói 

Imagen del lado oeste de los terrenos de la factoría en 2012, durante el inicio de las obras de construcción de las nuevas viviendas. En el sitio que ocupa el edificio que se ve al fondo (fuera de los límites de la cervecera) estuvo posiblemente el manicomio al cual se asomaba Ehrenburg durante su niñez 


La demolición de las naves de la fábrica dejó al descubierto todo un conjunto de objetos y construcciones -algunas subterráneas- que reflejan una manera de trabajar y de entender la sociedad que ya forman parte del pasado, y no solamente de la URSS sino también de la época prerrevolucionaria. Todo lo que aparece en estas fotografías -desde esa misteriosa máscara antigás hasta los emblemas grabados en las baldosas- ya no existe.